Gobernados por Psicópatas: Pedofilia y asesinatos en la City de Londres

Actualidad, Historia, Medios de Desinformación, Satanismo
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Quizá me meto en estos jardines porque me asusta lo que veo, y porque acaban de ampliar una información perturbadora, de esas que pueden fastidiarte el sueño durante demasiado tiempo.
Y desde esa información, por no ser original ni única en su especie, vuelves sin remedio a plantearte qué tipo de humano ha sido generalmente el mejor posicionado y/o adaptado para conquistar y detentar el poder, y qué podríamos poner en común con ellos en un mundo normal, excepto la necesidad de ingresarlos en psiquiátricos.

The Daily Beast, añadió el pasado viernes información a uno de los casos de crimen organizado más repugnantes de los que se tiene parcial conocimiento. Ayer fueron el Daily Mail y Channel 4 los que involucraban también como encubridores del hecho a D. Cameron y N. Clegg. Pero esto viene de muy atrás, tanto como de los años 60, 70 y 80.
No es nada secreto, pese a que se mantiene casi invariablemente en un perfil informativo bajo. Y aunque el pasado miércoles un grupo de agentes uniformados allanó la vivienda del exparlamentario conservador Harvey Proctor, y esto ha conferido una nueva dimensión al denominado ‘Operativo Midland’, ya ha ocurrido que cada cierto tiempo el asunto tenga un pico de interés que inmediatamente se desvanece. El último fue en julio del pasado año, en el que de nuevo se hacían eco, aunque sin grandes espacios pero sí con llamativos titulares, medios como la BBC, Clarín, Página 12, Il Giornale, o aquí, aunque de forma muy discreta, el diario El Mundo.
El caso involucra al menos a 40 altos cargos políticos entre los que habría actualmente solo 3 parlamentarios y 3 lores aún en activo, además de jueces, aristócratas, militares y otros poderosos políticos del establishment inglés que daban forma a las 5 redes de pervertidos que se están investigando. El número de menores violados, algunos de cuyos testimonios denuncian que lo fueron con edades comprendidas entre los 7 y los 9 años de edad, es incalculable, e incluso se investiga, por las declaraciones de uno de los entonces niños, el asesinato de tres de ellos (dos estrangulados y uno atropellado).
Estamos hablando de grandes personalidades, de aquellas personas que buena parte de la población designa para defender los valores que nos han llevado hasta aquí (sea este aquí lo que sea, como sus valores). De otras que deben impartir justicia, y de aquellas que deben velar por la seguridad general.
Y esas ‘personas’, que no eran ni uno ni dos malnacidos, sino muchos, eran capaces de organizar, de común acuerdo, con alevosía, con premeditación, esas escapadas litúrgico-festivas que tenían como plato fuerte abusar de niños. Los imagino emocionados los días anteriores pensando en la tierna inocencia de sus víctimas, en cómo iban a destruir sus vidas, en cómo se iban a afianzar lazos de confianza, en cómo iban a sentir ese éxtasis químico que solo un psicópata debe poder alcanzar al sentirse en la cima del poder: la de destrozar las mentes y los cuerpos a su antojo con total impunidad.
Estas personas que han sido ejemplo para alguna gente, eran en realidad individuos con graves psicopatologías. Una buena parte de la sociedad política mundial ha admirado a peligrosos dementes: algunos sabiendo de esas prácticas, otros cegados por su propio carácter (o su propia estupidez). Y hablo de enfermos porque me niego a aceptar que alguien sano, aunque sea un indeseable, pueda llegar a ese grado de perversión. Margaret Thatcher no sabemos si los adoraba, pero según la información disponible era consciente de todo. Y no le importó, no tomó ninguna medida al respecto. Al contrario, incluso nombró Sir a uno de los más destacados perturbados así como su secretario a otro de ellos. Dicen que todo se ocultó porque esa información podía destruir el sistema, su sistema. Por lo visto era mejor perpetuarlo tal cual. Era mejor un sistema criminal y demente.
Desaparición de pruebas, declaraciones con desmentidos y contradicciones tras nuevas pruebas, recuperación y aplicación de leyes de excepción contra la libertad de información, coacciones a medios de comunicación con asalto incluido de sus instalaciones, y todo un mundo de irregularidades formales. Pero no llenará portadas de periódicos, ni informativos. Para eso, aquí, por ejemplo, ya está ese contrato de investigación de un amenazante joven que, aunque sí se cumplió, no se cumplió en una oficina. O mejor hablar de Venezuela o del hecho de que alguien viaje en metro. Pero de Thatcher y su gobierno no. De un escándalo de este nivel de gravedad, no. Thatcher es el espejo en el que se mira la derecha liberal declarada y encubierta de este país: desde Rajoy y Aznar a Aguirre, desde Rosa Díez a los economistas de Ciudadanos o el propio Albert Rivera. Incluso otros que se proclaman de izquierdas pero que nunca lo han sido.
Pero sobre todo no llenará espacios informativos por si nos diera por recordar qué pasaba en este mismo país en los 80 (y qué sigue pasando). Por si relacionamos ciertas perversiones con cierta clase social. Por si nos preguntamos por qué no se ha hablado antes de este asunto. Por si llegamos a plantearnos que, con excepciones, no es la clase social la que condiciona el comportamiento sino el comportamiento la clase social, y que no es el poder el que corrompe a los poderosos, sino que sin corrupción previa no se alcanza.
La realidad a veces supera a la ficción, aunque la ficción muchas veces está basada en información real. Quizá la serie House of Cards hable de ello. Quizá Kubrick no abandonó su inclinación de críptico cronista con su Eyes Wide Shut.
Pero alguien fue más explícito. Así comenzaba Luisa Álvarez de Toledo su La ilustre degeneración:
“La élite que encarna el poder, destila ejemplo. Sus actos, aún íntimos y secretos, destiñen en los inferiores, porque quien controla la información y la ley, adapta el criterio colectivo a su necesidad. Impulsada la sociedad hacia su desracionalización, desde la cúspide, Manolo sospechó que la conducta de sus iniciadores y clientes, pudiese ser reprobable. Ni realizó que en adelante, no se detendrían en el umbral del más allá”.
Es demasiado incómodo lo que dice este encabezamiento en sus tres primeras líneas. Pero para desarrollar toda su complejidad deberíamos remontarnos a la Edad Media, o quizá antes, y hablar de la iglesia y la realeza, y transitar por procesos históricos, llegar a las luchas emancipatorias, a las guerras por la supervivencia de la aristocracia, a la manipulación de las ideologías revolucionarias, a la introducción de otras prefabricadas. Habría que hablar de la inmersión de tendencias, de los canales de propaganda, de la construcción de la moral y la opinión pública, del consumismo, del individualismo, de la alienación, del involuntario ejército vasallo que desconoce su condición de aliado sin contraprestación. De demasiadas cosas.
Hay a quien molestó mucho este libro, y aunque se procuró no hablar de él, cuando se hizo fue intentando desprestigiar a la autora. Es normal en cualquier caso que haya quien prefiera no “comprar” ciertas realidades demasiado turbadoras, pero también es cierto que la duquesa de Medina-Sidonia no necesitaba dinero, y lo demostró con hechos. Tampoco buscaba fama, y es algo que quedó si cabe más claro. Sus intereses personales siempre estuvieron más cerca de la historia y del legado cultural que había heredado que de otras preocupaciones. Pero sus intereses sociales sí se vieron reflejados en siete novelas, aunque esta última se apartaba perceptiblemente de todo aquello que había escrito. Quizá solo por eso tiene un valor especial (el de un regalo).
Y es que hay dos mundos principales en nuestro mundo, aunque a veces se conviertan en tres. Uno es el nuestro, el de la gente corriente, con sus miserias y grandezas. Otro el de la élite –responsable de la mayor parte de las miserias de los corrientes–, con sus intrigas, sus luchas de poder, sus aberraciones, su teatral actuación, su fingida normalidad y su absoluto desprecio por los de abajo. Y un tercero a mitad de camino entre lo expuesto y lo oculto que solo aparece cuando se mueven los cimientos de las torres de marfil.
Tampoco habría que obsesionarse con estas cosas, y de hecho no lo haremos. Nos quedan lejos e implican mecanismos psicológicos involuntarios. Pero sí necesitamos antagonismos. Necesitamos enfrentar ideas. Necesitamos mostrar sin ambages las diferencias. Y algo más de firmeza. Pero no necesitamos comprender sí o sí todo lo que ocurra, todas las debilidades, todas las propuestas. No necesitamos ser siempre razonables hasta el extremo filosófico. Nos están robando la merienda delante de nuestras narices y con nuestro consentimiento. Nos estamos (o están) convirtiendo en el perro de Pávlov. Y hay que tener cuidado, a veces es mucho más complicado volver que ir, y ya estamos muy lejos.
Este mundo no es lo que parece, pero aunque ni esa idea sea totalmente nuestra, sí debería parecerse a aquello que imaginamos del mejor de los mundos.

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